PORTADA
Es curioso e incluso paradójico, a veces un buen libro se refugia en una gran portada, como un tímido joven arranca conversaciones gracias a su cara bonita. Mentiría si dijera que una parte inevitable de mí -de todos en verdad- no es esclava de la estética. Con facilidad nos dejamos llevar por la idea «platónica» de que la belleza debe regir cualquier existencia.
¿Pero cómo mostrar algo que está «dentro» de la piel? ¿Cómo esclarecer nuestro interior? ¿Algo tan profundo como una verdad anquilosada entre zarzas? ¿Cómo ser esa puntita del iceberg?
Por el momento me siento un monumento helado que criogenizado avanza en un mar que le rodea vastamente. Por todos lados, hasta ahogar su interior en una sustancia salada y eterna. Así soy…
Mientras tanto el tiempo inexorable juega con la imagen y la embriaga hasta imbuir las verdades profundas completamente. Así se sienten esas portadas deshilachadas y olvidadas en alguna librería. Aquellas que no superaron los designios básicos del marketing.
Al final, «solo» fueron simplemente buenas ideas y emociones atesoradas a buen recaudo en unas páginas que nunca nadie leerá.

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