EL PACTO DEL HUMO

En plena noche me acerco a una hoguera de leña, brilla voluminosa intentando negar la noche. Absorto entre tinieblas aún, yo me sorprendo dentro de este infierno pasajero tras hallar un milagro cotidiano: unas llamas ardientes.

Esas que desde su pira claman mi atención antes de prender hacia arriba. El humo incorpóreo se difumina hacia el cielo; y así devora las nubes hasta formar parte de ellas.

A su extraña manera esta nocturna bocanada aspira a lo más alto, aunque es imposible. Nadie se le ha dicho antes: «no puedes escalar». Y por tanto lo hace…

Ajeno a su incapacidad naturales lo intenta e incluso en parte lo consigue, así el humo sube glorioso hasta perderse en los cielos. Se despide sin prisa, incluso con elegancia, mientras supura los restos perdidos en el firmamento.

Su piel inexistente viste la atmosfera. Imbuida en su ocre esencia. En su calcinado olor. El humo se nutre de una reacción incomprendida. Esa química perdida que refleja alguna alquimia primigenia. El fuego se vuelve un leve cosquilleo de negro optimismo.

Mientras pasa la noche, entre chispas respira y se ahoga en sí misma, parece casi una persona.

Mecida por los aires y expulsado de la tierra, ahora – ¿y por siempre?- viaja nómada, fugada de unos orígenes negados. Solo queda subir lejos y ver que se pierde donde las miradas se diluyen. Esa letanía… que arde en sus extrañas como un anhelo.

Ha llegado su momento, la humareda ha despertado del letargo, no está de buen humor ante la humedad de los cenizas y sus opacos representantes. Tan apagados. Cansada de quienes les niegan su función. De quienes les tiene miedo. De quienes temen el ascenso de los soñadores.

El humo solo quiero ser como cualquier brisa, un aire libre y vivaz que se esparce por el firmamento bajo la promesa de estar en constante movimiento; porque hace tiempo que lo entendió: para volar no importa si eres negra, blanca o gris, simplemente vale el sincero objetivo de querer ir un poquito más arriba.

Y tal vez no mirar abajo sea la excusa perfecta para no aterrizar de forma violenta. Y aunque la gravedad confabule ante su cuerpo grácil, saber que tiene que llegar al cielo. Debe. Es una deuda privada.

El humo encierra una aspiración ancestral, esa que habita en su esencia. Al menos si quiere elevar los sueños de aquel fuego, que sin saberlo está a punto de morir en el mundo terrenal.

Así la hoguera crepita en llamas, ese llanto ruidoso que se vuelve una plegaria, aunque resulte extraño yo creo que el fuego (cada vez más consciente de su propia muerte) le envía sus mejores deseos al humo. Pese a todas las adversidades. A las que sin duda el negro gas se enfrentará durante la vespertina noche.

Gracias a su extraño pacto el humo nunca se rinde. No lo sabe del todo que pasará, y ahora solo asciende, tarde o temprano viaja completamente disipado, tal vez por esa simple razón siempre se aventura hacia arriba. Arañando al cielo un poquito más antes de desaparecer… entre oscuros y efímeros movientos, pero ante todo por sus ancestrales sueños.

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