CON O SIN RUMBO

I

Me abrasa la incertidumbre. Ese «¿cuando voy a volver a verte?», los designios del espacio y el tiempo a veces son ambiguos, complejos e incluso caprichosos. Algunos achacarán que las leyes que rigen la vida y la muerte son incomprensibles, o tal vez resulten tan simples que las complicamos una y otra vez. Hasta deformarlas bien lejos del cuerpo original, como una sombra abrazada a 4 metros de distancia de su cuerpo primigenio.

Inevitablemente se difumina en una escala de grises casi imperceptible a ojos inexpertos, aparece así en nuestras vidas un umbral por explorar, pero tras transitarlo firmes podemos olvidar o recordar a nuestro instintos.

En este peculiar lugar podemos proteger o exiliar nuestras reminiscencias de unos sueños claros, antes de quebrarse en la oscuridad del hastío. Se trata del camino que a veces llamamos «sueños». Esas existencias que se atreven pasajeras a subirse a la última estación. A un tiempo donde «ser uno mismo»… ya no da tanto miedo.

II

Ante cada uno de los descuidos del alma, vamos rompiendo nuestra autoestima poco a poco, se desintegra como un papel de burbujas manipulado ante un niño travieso. ¿El Azar? Ese infante al que le encanta el sonido casi armónico de la destrucción leve, nos creemos cúpulas firmes de compromisos e ideales, pero todas explotan ante el roce de lo «superior», sea sagrado o no.

A mis ojos la fortaleza es recordar que a pesar de la debilidad «vamos a intentarlo», pues seamos honesto, no resulta fácil salir de los laberintos que forjamos nosotros mismos.

Así nos adentramos en esos marismas de soledad donde entramos sin mirar atrás. Y con el tiempo olvidamos incluso la entrada y por supuesto la salida. La ruta que tomamos en decisiones turbulentas e incluso forzadas es… truculenta.

Sin duda, no puedes evitarlo. Duele cuando te das cuenta: el resto del mundo no se podía a parar ante nuestro incendio en ciernes, debe seguir girando, mutando, cambiando,…

Suena egoísta, incluso infantil ese desazón; ese quejarse desde lo hondo de nuestros abismos rotos. Al final así son las cosas, es simple, ¿no?

Si seguimos esta filosofía más o menos compartidas por los mortales, poco a poco cabalgamos en desatinos que nos alejan de nosotros mismos. Cuando nos damos cuenta que vamos montados en espirales irremediables, entonces lo vemos: nos persiguen las malas decisiones, que aparentemente se han vuelto baluartes conquistados por lo inevitable.

Nos hemos vuelto sin saber del todo cómo unas sendas marcadas por negro alquitrán de nuestra alma, allí donde ya ninguna flor podrá florecer. Ni menos un futuro deseable. Deambulamos perdidos por esas carreteras artificiales hacia ningún lugar habitable, esas que nos pierden mientras vamos corriendo a pesar de mantener un rumbo perdido.

III

Pero luego me siento a escribir… y recuerdo todo mi camino, hasta incluso los orígenes y los puntos de ruta. Los problemas se vuelven excusas de aventuras nuevas a su relativa manera.

Entonces actúo e incluso estas experiencias se vuelven puntos de fuga. Así reajusto las coordenadas espacio-temporales y parto hacia una existencia más parecida a los torpes garabatos que aún con manos inocentes tracé en mi infancia.

No sé si estoy allí hoy, pero sí es una decisión de intentar hacerlo mejor otra vez o simplemente un expurgar un poco de fe y fantasía en los lindes de mi existencia. A mi manera tan ambigua como humana sigo partiendo hacia un nuevo escenario; hacia un paisaje por descifrar entre segundos vivos.

E incluso ese no saber si podré «volver a verte» pesa un poquito menos. Pasan los días y los lugares, mientras ruedan las opciones mientras se meten en mi vida, como la chivita en el zapato, esa piedrecita juguetona que rompe las reglas de la partida. Y nos recuerdo a pesar de un leve dolorcillo… que seguimos vivos.

Y así simplemente con o sin excesivas cerezas, parto rumbo hacia una frase más.

¿Y tú? ¿Qué piensas? Comenta. Gracias por compartir palabras.