ORGULLO DEL YO

I

Siento un extraño orgullo al ver el paso del tiempo y ver que algunas cosas sí merecieron la pena. Sin duda. Puede que actualmente yo no haya cultivado excesiva grandilocuencia; ni mucho menos excesivos réditos a mis esfuerzos en público.

Lo importante, a pesar de lo que pensé en un principio, lo ha marcado lo privado: las palabras cómplices en mitad de una paseo. O los restos de un café que abastecieron tantas risas y secretos. Las llamadas inesperadas que adormecían el tiempo y se sentían tan cerca como el abrazo de tu voz.

Incluso entendí muy tarde el valor de los silencios…, seguramente por miedo a esa «nada». A pesar de que suene paradójico el silencio a su extraña manera habla ente dos encrucijadas. Entre los umbrales de confianza y los momentos maravillosos sin estropear por tontas o azarosas palabras.

II

Miro atrás y veo una versión demasiado incompleta – y bastante más reciente de lo que uno podría pensar- por fin emerge libre y feliz. Estaba hambrienta de grandes premios y títulos en algún recoveco de la naturaleza humana, incluso la literatura.

Lo confieso, no se fueron del todo esas ganas de escribir así, pero aprendí que lo importante es quién te pone nombre. Quién te quiere a tu lado; más que un cuanto ambiguo y siempre devorador de un número inanimado más.

Y son esos pequeños matices los que cobra sentido en mi ser. Ahora mismo me siento feliz a pesar de las inseguridades iniciales, las que han hecho sentirme orgulloso incluso de mí mismo… ; porque me vi mezclar tantos errores con actos que pensé que sería imposible una redención.

Con más o menos intención de errar, yo viajaba de un lado a otro sin parar de atraer el caos. Como si me hubiese obsesionado una alquimia y sus experimentos. Como si hubiese buscado descifrar mi propia fórmula. En un principio yo lo intenté con demasiados repulsivos, quimeras y fracasos. Así conjugué tantas identidades diferentes que me perdí. Que parecía un verbo por descifrar entre infinitos actos.

III

Así me adentré en una nueva posibilidad en ciernes capaz de todo, incluso hasta de fraguar en un ser más tranquilo, orgulloso -y tras mucho tiempo- incluso feliz. Uno que está a gusto consigo mismo. Ahora puedo mirarme por fin a las ojos por fin y ver una personita que lo intenta, que lucha a pesar de todo…

Si la situación lo merece, lo intento, un poder apartar mi complejo orgullo, porque también puede volverse una marca insegura de un ser fracturado, como una cicatriz jugando inconsciente con unas uñas recién afiladas. O un bocado mortal de la propia hambre, mordiendo con los mismos dientes que podrías usar para sonreír, pero esta vez simplemente hacen daño…

Descubrí así que la vanidad puede devorar la vida y que el orgullo mal entendido viene y se va… Se difumina manchando todo, y para eso es mejor trazar unas coordenadas basadas en la confianza y la redención. Atreverse uno mismo quererse poco a poco un poquito más.

¿Y tú? ¿Qué piensas? Comenta. Gracias por compartir palabras.