LO QUE NO… TE DIJE
Hoy me vuelvo a acordar de ti. Entre la penumbra de mi soledad y un recuerdo cautivo de la nostalgia. Duele… que sea tan recurrente. Al menos hoy puedo rascar algo feliz.
Ese primer beso, o ese paseo por la avenida de siempre, al menos para mí fue un trayecto que anhelaba que jamás cesará. Pero con el tiempo… entendí que esos «nunca» no suelen darse.
Con el paso de las horas así me di cuenta de los ambiguos matices del tiempo. En un principio son los contrastes de las eternidades: pues los momentos pueden albergar un segundo que embelesa la memoria. O encerrarse borrachas en medio de una hora de perpetuo aburrimiento. E incluso dolor. Así existen horas dulces. O minutos narcóticos. Recuerdos nítidos a pesar de los años. U olvidos voluntarios a pesar de ser ayer. Y este ambiguo ahora…
Por estas razones el tiempo es relativo y arbitrario, nos maneja en sus tejemanejes con la dulzura incomprendida del azar.
Descubrí tal vez tarde que el único aviso legítimo que nos regala la vida a todas horas es… que no siempre hay avisos. Es decir, las «cosas» pueden romperse sin reparos ni juegos previos. De forma furtiva. E incluso fortuita.
Por eso duelen tanto esos golpes inesperados. Son un ramalazo inquebrantable. Ácido. Visceral. Roto. Perpetuamente quebrada. Esas despedidas son capaces de destruir un nosotros. Un limbo que al menos yo me debatía entre un anhelo y un «por favor, se tú conmigo» por siempre.
Sin duda, sí duelen. Cuando mas que una traición con alevosía, es simplemente un adiós que se siente prematuro. Una despedida desperdigada entre efectos mariposas descontrolados y el aleteo caótica de posibilidades, cada vez más huérfanas de una probable estadística.
Y «todo esto» es lo último que no pude decirte cuando nos despedimos ese jueves. En un día más maldito que un inexplicable 30 de febrero; pues parecía que nunca llegaría ese «adiós». Así un hola murió sin más repuestos. Ni reparaciones. Ni una resurrección inesperada en unas pascuas curiosas.
Los dos lo sabemos. Ya no…
Ese «¿cómo estás? y tal vez un beso que solo buscaba arrancar «un por favor no te vayas» murieron clamando en silencio. Todo esto fue… lo que… no te dije. Sin embargo, estas palabras jamás pronunciadas siempre gritarán en mi mente buscando tal vez en estas líneas de confesión.

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