PEGADO A NUESTRA PIEL

Empaño los recuerdos que vaporosos se escampan por mi memoria, juguetones suben y bajan como el vaho tras una buena ducha. Pegajosos recorren mi piel, incluso una memoria cómplice de buenos ratitos. Se estampan contra el reflejo de mi pasado, con la rutina de una retina secuestrada por el ayer: siento nostalgia. Como ya me viene pasando de hace mucho tiempo, sin saber del todo “el porqué” viene a mí.

De forma casi inevitable ya… me acuerdo de “ese” sábado en el que decidimos los dos sentarnos a «tomar un café» por primera vez. Nadie lo dijo propiamente, pero era muy diferente a otros ratos juntos.

Sin que lo habláramos con preámbulos, al unísono ese día fuimos a dar el máximo, a buscar solucionar preguntas que nunca se pronunciaron. Recuerdo que al llegar los dos íbamos más arreglados de lo “común”, incluso nos reímos cómplices en miradas que se devolvían con fijación.

Éramos dos seres preciosos que se habían puesto “guapos” para el otro. Intentando aflorar su mejor versión. Pero para mí… realmente “lo bonito” fue nuestras sonrisas nerviosas por el simple hecho de tenernos en frente. Que al menor movimiento o comentario afloraban sinceras. Sencillamente por querernos conocer un poquito más.

Ese día «ambos» buscamos descubrirnos mejor hasta los recovecos más privados y ver si podríamos derrochar un poco de nosotros mismos en cada abismo de nuestro ser. Gracias a la compañía del otro.

En ese momento incluso nuestras bocas huérfanas de amoríos veían plausible una caricia carnosa, incluso un beso sincero. Es cierto, hacía años que hablábamos, pero ese día fue diferente… Pronto ese café se volvió un recuerdo pegado a mi piel, como al calor a un cuerpo que se siente vivo.

¿Y tú? ¿Qué piensas? Comenta. Gracias por compartir palabras.