ANHELOS CELESTES
El Sol la mira con ojos abiertos y preocupados e incluso casi enamorados -pero ni el mismo lo sabe_ : hoy parece que esta noche se caerá… la Luna. Está cansada de ser la protagonista de la noche, y aunque no ve maldad en las estrellas, lleva un tiempo que lo deseo: le gustaría conocer más la luz del día.
Ella está habitada como una solitaria chincheta olvidada, casi oxidada, se siente colocada en un cartón ya carcomido. Poco a poco, la Luna siente que ha perdido su función, y ahora que solo quiere aprender aterrizar, a clavarse en tierras fértiles nueves, acabe cómo acabe. Así se siente ella, bajo otras dimensiones, hastiada ya de la misma ruta de trabajo. De órbitas perpetuas entre vueltas y más vueltas.
A su vez la Luna vive bien lejos de Él, en su rinconcito solo sabe lo que le cuentan las leyendas del firmamento y los rayos más chismosos. Que fugaces se alejan sin dejar apenas ecos.
Ambos lo sueñan: que llegue ese momento. Antes en algún eclipse han coincidido los dos ya, así Sol y Luna han plegado toda su piel de forma conjunta, generado un círculo casi perfecto y temporal de dos ambiguos contornos. Allí él le susurra que se venga algún día… a compartir las horas y su casi eterno tiempo. Y ella entre silencios y miradas responde. No siempre hacen falta palabras, sobre todo ante algunas circunstancias. Al final ambos saben que no pueden: escaparte en una fuga constantemente postergada, durante milenios más allá de anhelos celestes.
Cansada la Luna a día de hoy no sabe si se lo que dice es cierto: si el Sol al resto de satélites de la comarca láctea les dice lo mismo palabras de amoríos imposibles, pues el brillante astro tiene fama de ser un rey egocéntrico en sus propias tierras. Un romántico cortejador en un día eterno, a la espera de una noche que nunca le llega. Afirman el resto que Él solo quiere ser la estrella, bajo la que se funde todo un ecosistema. Y Ella no sabe que creer.
Pero aunque resulte extraño a la Luna -por mucho que la avisen unos y otros-le parecen sinceros esos peticiones de compañía que le susurra, ante el devenir de sus rayos. Tal vez no todo sea tan brillante y tan oscuro, y los cuerpos celestes sean más albinegros, ya sea sombras que buscan empañarse de luz o soles que dejarían todo por irse una noche con la luna de juerga. Difuminados entre la frontera del día y la noche, Luna y Sol desperdigan sobre la cúpula del firmamento sus anhelos celestes.

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