I

Esbozo una sonrisa a regañadientes. Pinto un borbotón entre colores descontrolados. Lo intento una y otra vez. Con mi mejor esfuerzo he sacado a pasear -más libres que salvajes- esos sueños infantiles. Tras afrontar a mi manera el esclavo perfeccionismo, con todos estos intentos sinceros, sean ya mejores o peores. Así aprendí cada de una de mis lecciones. Entre el ambiguo limbo del acierto y del error.

Hasta liberarme de sentirme estúpidamente completo. De sentirme «acabado» en la distante e inhumana excelencia: así anidé y me encontré bajo las ambiguas coordenadas de mejorar poco a poco. En la cuneta del fracaso y las manchas de los errores por fin pude ser humano. Incluso aprender. E incluso… reír del todo un poquito más.

Allí me enfrenté al pánico extremo a ser un humano más, y por tanto un finito ser. Antes vivía como un mosquito atrapado en una invisible telaraña, ese sentimiento cenizo se clavó en mi garganta. Se metió y medró bien dentro hasta que se volvió agonizante. Hasta pudrirse dentro de mí.

Así se trazo una red imaginaria y venenosa, que tejía el silencio truncado en mi boca. Se abría paso como una cicatriz recién abierta en una piel rojiza. Ardiente de dolor en un mar calizo.

Así fingía ser perfecto, sin intentar siquiera vivir del todo. Sin explorar un imperfecto ser. Quedé maniatado bajo una red de heridas y «no intentarlo» que tributaban a la vacua virtud.

Ahora el escenario es diametralmente opuesto, solo hacía falta salir a jugar más. He salido de mi cerrazón estúpido, ahora me atrevo a experimentar e incluso -aunque solo sea a veces- puedo reírme de mis errores y el terror de cometerlos… Lo confieso: no es una relación perfecta, ni mucho menos.

Pues al final soy un humano más, aún escuece como nada cometer errores en ciertas ocasiones, pero una parte de mi ser he aceptado que ahora son compañeros de viaje. Incluso los mejores maestros… Si ellos besan o escupen a uno, depende más de tu ángulo de visión frente a la existencia.

A ciertos errores ya no les temo ni me escondo, ya no se pudren en casa sin salir allí afuera. Bajo la excusa recóndita y cutre de «un siempre» que jamás llega, dicho de otro modo: amparados en un hueco nunca.

Antes cuando a oscuras vivía asolado a todas horas; mientras el calendario aburrido pasaba sus hojas sobre mí, yo … no cometía tantos errores. Me quedé encerrado en mis límites.

Pero entonces.. salí fuera. Entre apetencias y necesidades salí a escribir Y ahora trazo estas líneas que arrastran tantos aciertos y errores, que ambos se han vuelto casi indistinguibles en mi ser. Incluso han mutado entre unos y otros, sin ser claro qué es qué.

II

Por fin lo he conseguido. Aunque al principio no quisiera. Todo… por esa promesa. Me la dediqué hace décadas. En parte sin pensarla del todo ni pretenderlo. Tal vez por eso la haya podido mantener. Al ser un esbozo de mi pasado. Una promesa a mí mismo. Y como las mejores, en silencio: sin protocolos ni grandes juramentos. Ni jurisdicciones de extrarradio. Solo yo… con la palabra. A solas. Junto a las letras.

Simplemente alma, corazón y cuerpo se alinearon sinceros ese día. Y me encumbraron por las palabras. Entre variopintas e impronunciadas coordenadas me exigieron – entre débiles suplicas y anhelos más despiertos- la siguiente certeza: «Marc, no renuncies a estos sentimientos de redención.»

«La chispa del principio de estas nuevas alineaciones. De refundir y fundar un nuevo ser sobre la patria de mi pasado. Sobre todo entre el material infinito de la palabra».

Ahora mismo han pasado años y años desde esas reflexiones, incluso décadas. Tantos y tantos momentos que ni me acuerdo de esa ambigua fecha.

Pero… en efecto no he podido dejarlo: ese escribir un poquito más. Dar sonidos a los recovecos de mi voz que rebotaren más allá de silencios y olvidos. Hasta volverse el sonido favorito de mi ser.

Despierta así «Eso que tanto me apetecía». Silenciado, omitido o incluso reprimido, danzan esos deseos por mi ser. Ya no claman ni gritan perjudicando el organismo de su ser. Simplemente es un canto de vida. Una existencia danzando. Una oración en que entre líneas se expresa.

III

Lo siento desde hace mucho tiempo: Renunciar a las letras sería como marchitar en plena primavera. Dejarse el abrigo que trae el calor en mitad del invierno. O peor aún: que se estropee mi ser, como un ventilador truncado en mitad de una ola de calor.

Tal vez esta dependencia artística me vuelva más débil… O eso podrían decir los inconscientes que no lo entienden: se puede extraer una fuerza infinita de la vulnerabilidad. Solo hay que respetarla y cuidarla para que pueda eclosionar. La semilla del erial que algún día será esperanzadora flor, más allá de lo antes acontecido.

Escribiendo esto me siento curiosamente vivo: como un gusano que arrastra unas alas imaginaras antes de salir a volar. Antes debes pasar por un encierro en uno mismo…

Refugiarse más allá de un penal lastimero, así busco expurgar la ya manida culpa y abrir las manos está vez para salir allí fuera. Gracias a esa promesa de letras inciertas que me guía por ese firmante… que algún día conquistaré.

Solo para conseguirlo. Solo para hacer «eso» que tanto me apetece.

¿Y tú? ¿Qué piensas? Comenta. Gracias por compartir palabras.