DESPUÉS DE UN TIEMPO, VOLVEMOS CON…

Salto otra vez aquí. A un día más que es una oportunidad para mejorar, aunque a veces sea fácil olvidarlo durante mucho tiempo. E incluso quiero intentar recordar que estamos vivos; que estamos presenciando sin entenderlo del todo un regalo de la existencia. Uno que por costumbre damos inconscientes por hecho 24h por 24h. Somos un ciclo tan hermoso como mágico.

Miro el móvil y su ya conocida pantalla. Lo corroboro por si acaso, es sin duda un miércoles cualquiera. Tengo un ratito libre esta mañana y por supuesto me pongo a escribir por necesidad, me resulta ya tan sinérgica en mí…, que no me importa e incluso lo busco. Y así simplemente fluye como el agua al caudal. O el paso al camino. La triste a una despedida. O el beso matutino ante nuestro despertar.

No sé cómo…, pero me doy cuenta que han pasado de la nada casi 37 minutos. Y sin entenderlo del todo solo me queda sonreír. ¿A dónde han ido tantos y tantos segundos? Feliz lo celebro, no quiero resolver ese dilema pendiente, pues esa incógnita no quiero descubrirla nunca. Sin dudas, ese misteriosa situación atrae la esperanza y la inspiración. Allí donde sí puedo ser.

Mientras yo compongo estás líneas sinceras…, pasa algo inesperado, pero común, como suelen ser los mejores milagros cotidianos: «lo efímero» sigue aquí conmigo. Le toca hacer malabares con una lista de peculiares pelotas: se balancean en sus manos el tiempo, el calendario, la agenda, la vida y por supuesto la muerte. Está en plena y constante tensión, pero lo da todo, pues sí su trabajo suele ser a veces incomprendido, pero le encanta.

Nadie entiende su esencia, sobre todo cuando ante “lo efímero” entran en juego la suerte que uno busca e incluso traza. Y es peor aún cuando aterriza el azar sobre nosotros. E impone sus reglas traviesas e incomprensibles, al menos aparentemente, a nuestros sesgados ojos.

¿Ante tanta presión cómo es posible que «lo efímero» pese a todo aún sonría? ¿Ante tantos factores, imprevistos, circunstancias e incluso problemas por qué se atreve acaso a ser feliz? Así los adultos muy tensos se preguntan por su locura o ese anhelado secreto (lo desean en silencio); los niños juegan con sus ancianos intentando compartir la infancia.

A pesar de que ese salto temporal es aparentemente intransitable, sí sucede. Ambos comparten sus infancias lejanas y presentes. Así el abuelo risueño y agradecido (a pesar de su cuerpo es esclavo de tantas canas y achaques) golpea con fuerza el balón. Como si todo ese ratito de dos fuera decisivo e incluso decidido, en cada patada el anciano le pasa toda su energía y cariño a su nieto. Sin duda, el niño hoy no lo sabe.

Él confía en que algún día su nieto lo recordará todo feliz. Esos partidos en el parque. Algún día cuando su vida no esté presente ya, su nieto entenderá el valor de esos juegos. Ese abuelo gracias a todas sus décadas ha entendido la sutileza de los actos, sobre todo ante nuestros pequeños.

Tras coleccionar tantos “mientras”, en una edad avanzada él ha decidido ser y estar así con el resto. Es su forma de compartir ahora el tiempo. Es su peculiar método para trasladarle la fuerza de sus primeros veranos a las próximas generaciones, los restos de su infancia cobran así vida..

Estos ejemplos demuestran que a veces los humanos rebeldes sí lo somos: atemporales. Y así rozamos aunque sea por un feliz momento la eternidad, cuando el reloj no importa…

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