Muy tarde sí, pero al final lo entendí a tiempo: aunque se apaguen todas las estrellas, eclipsadas por las nubes opacas y aparentemente contaminadas de la noches, el cielo sigue allí arriba. No son muy diferentes al negro humo que se fuga de los tubos de escape. Pero… esas mismas nubes al día siguiente se volverán blancas, incluso brillantes, esponjosas y viajeras por las posibilidades del firmamento. Ninguna noche es eterna, al igual que ningún día jamás durará por y para siempre. Y ese el secreto que encierra para mí cada momento: la unicidad de lo finito. Lo irrepetible de la vida.
No muy pronto entendí también que si dejas de mirar a ti… y observas un poco más arribas verás que el Sol y la Luna con todas sus caras no paran de cruzarse en nuestros destinos, como una moneda pasajera viaja entre bolsillos buscando un nuevo hogar antes del siguiente cambio.
Gracias por compartir palabras y tiempo… Un abrazo.

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