Reflexiones sobre un imperioso y solitario yo

Es curioso, como a veces… nos creemos invencibles, único y perfectos, cuando nos subimos en el ego superficial. Así perdemos nuestra humanidad, así lo que nos conecta con el resto simplemente desaparece, cuando nos creemos superiores y vaciamos al resto en huecos ninguneados. Al conjunto que no lo quede nada, a pesar de que nosotros en una especie representemos la excepción, bajo el cobijo de ser únicos.

Cuando nuestros errores y miedos son precisamente lo que unos une, así nuestros defectos, dudas y problemas se vuelven esos puentes de comunicación y convivencia reales con los demás. Así la convivencia hacia el resto y hacia uno mismo solo siendo compartida se vuelve gestionable y por tanto llevadera. Y auténtica.

Muchas relaciones profundas embarcan con una conversación sincera, y no tanto perfecta, sobre algún tema. Es curioso como casi siempre son tonterías. Que achican los primeros miedos antes de navegar por las experiencias y sus fuertes sentimientos. De lo efímero y pequeño pasamos a universos compartidos.

Solo nos unen esta relativas «gilipolleces», pues al final con cariño y tiempo se vuelven complicidades. Incluso confesiones…, existen libres en un arrebato de arrojar cada ser a un nuevo nuestro…, al menos de dos. Se vuelven «privados» en un mundo público, al que le arrebataron el derecho de la intimidad

Así poco a poco, con tiempo y confianza nos volvemos cómplices y confesores que valoran un poco de sinceridad, entre tantos pantanos anegados donde subyacen cementerios de seres pendientes, yo solo quiero esquivar esas cunetas sin confirmar de antiguas versiones e identidades falsas.

Aspiro a perderme en las ganancias de lo cotidiano, aunque sea complejo o inesperado, pero frente a todo ser un poquito más yo. Brotar en un nosotros hasta libres poder fluir, como el riachuelo que se abre paso en el desierto contra todo pronóstico y aridez.

Sin duda, ayuda… a sentirse mejor. A calmar nuestro ser. Cuando en una sociedad egoísta… sobresaltada en personas individualistas, empiezan a entrar los problemas del resto. Siempre es una buena señal de una humanidad cuando las charlas de todo tipo… encuentran su cabida entre personas adecuadas. Y en ese juntos compartido nos sentimos personas. Nos sentimos nosotros por fin. Personas propias entre tanta, tanta y tanta gente.

Míralo o defórmalo como quieras: sentirnos «útiles» al ser instrumentos que resuelven problemas, sentirnos «felices» por ayudar a un ser querido,… Sin embargo al menos nos sentimos de «alguna manera». Es curioso, como nuestra vulnerabilidad nos viste de personas queridas y momentos que se esfuerzan en ser sinceros e íntegros. En ellos damos todos, solo así se puede construir un juntos.

Pensar que nuestra genuinidad debe imperar sobre el resto, es tan peligroso como negarla y negar nuestra existencia por volvernos una persona masa (en palabras de Ortega y Gasset). O hueca, ausente de la lucha vital y de la conquista de la identidad.

Sin un otros, no se puede consolidar un yo que algún día aspire a ser un juntos, un nosotros en cierto con suficiente autoconfianza para saberlo: cuando multiplicar o dividir. Cuando unir o separar. Cuando perderse para encontrarse o cuando bucear hasta renunciar en uno mismo, nadando bajo el prisma complejo de las relaciones sociales.

Naturales en nuestra especie ambivalente, pero con el tiempo también opacas y en ocasiones al menos para mí… un tanto contraintuitivas, sobre todo por los arrebatos de querer ayudar a construir en nosotros en el imperio de un solitario yo.

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