EL LENGUAJE CENSURADO
Aunque sea un imperfecto idiota, a veces llegó tarde a las certezas, pero al menos lo entendí a tiempo. Hace poco simplemente viviendo me di cuenta: al final en mis días he arrancado a la vida todas las sonrisas y lágrimas que he podido. Ni una más ni una menos. Y no me arrepiento.
Por fin estoy tranquilo de regar la vida con las tonterías, propias de los chiquillos. Y a quién me escupa su innecesaria seriedad en un buen momento, lo siento, pero… yo ya no bebo esos chupitos de bilis. Ya los he consumido todos y cada uno… hasta casi desaparecer. Y eso que nunca me gustaron, lo confieso hoy triste e incluso agridulce.
Por ser censor de mi propia vida, casi siempre verdugo y en algún momento verdugo hoy bajo de la palestra de la culpa. A ver el exterior más allá de mí mismo, ahora solo quiero intentar sonreír -y hasta llorar- libre y contigo. Redimir los crímenes cotidianos de mi persona. El perdón. La redención.
A partir de ahora quiero legislar mi vida bajo estos términos, aunque a veces sean en los pliegues de mi ser un lenguaje censurado.

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